viernes, 16 de agosto de 2013

El estigma del colegio

Es el título de un post en el Blog de Gabriel Bunster, el cual iba a comentar; pero me dije a mí misma: mejor lo hago post en mi blog.
Él señala lo siguiente:
“El colegio fue un sistema terrible, carcelario se podría decir. Ibas obligado. Debías estar atado, no literalmente, pero como si lo estuvieras, en un asiento duro, incómodo, en un lugar que se te asignaba, o te tocaba. Y tenías que aprender lo que ese tipo mayor que andaba allá adelante, decía. Y cada cierto tiempo, te sometía a pruebas y exámenes, que si no rendías, si no sabías, las penas del infierno. Malas notas, reprimendas, clases complementarias, y el juicios de tarado, idiota o cosas por el estilo.”
Probablemente esa fue y sigue siendo la verdad para muchos; pero debo confesar que nunca lo fue para mí.
Ya les conté de mi primer día de clases. Fue un día muy feliz.
Y claro, creo que todo es cuestión de enfoque.
Yo disfrutaba ir al colegio porque tenía muchas ganas de aprender; y, si bien tenía mis ramos favoritos, siempre pensé que era “la oportunidad” para aprender de todo.
Me gustaba ir al colegio porque lo pasaba bien con mis compañeras y porque me encantaba hacer las tareas y hacerlas bien, para sacarme buenas notas y con ello hacer felices a todos: a mis padres, a mis maestros y a mí misma; porque era muy agradable recibir tal reconocimiento.
Nunca fui egoísta con lo que aprendía y siempre me gustó enseñar. No sabía “soplar” en las pruebas, porque me pillaban; pero siempre dejé las hojas de mis pruebas lo suficientemente visibles para que mis compañeras pudieran comparar sus respuestas y resultados.
Yo nunca copié; porque confiaba más en mí que en el resto.
Siempre fui ordenada para estudiar, metódica y sistemática.
Creo que los calificativos: aplicada y estudiosa me quedan bastante bien.
Nunca me sentí compitiendo con mis compañeras; aunque tuve algunas que sí querían competir conmigo. Simplemente me esforzaba para ser ”la mejor de la clase” y de todas las clases. No siempre lo lograba; pero, en algunas, también se valoraba mi esfuerzo.
Por último, no estaba apurada por salir del colegio; pero tampoco fui de las que quería quedarse. Era el paso necesario para ir a la universidad y obtener un título profesional. Esa era la meta que nos propusieron nuestros padres, a sus cuatro hijos; y todos lo logramos.
Pronto me di cuenta que uno no para nunca de aprender y he seguido realizando cursos de perfeccionamiento de todo tipo todo el tiempo.
Hoy se habla de una crisis en la educación y la comparto; porque no es posible que nuestros hijos estén asistiendo al mismo estilo de enseñanza que se usó con nosotros. Hay que evolucionar.
Los niños y los jóvenes de hoy no son como éramos nosotros a su edad.
Yo tengo confianza en que mis hijos se desarrollarán en lo que ellos quieran y como ellos quieran.
Yo misma me sigo forjando a mí misma y estoy atenta a las innovaciones. No las sigo a la primera (como lo demuestra mi celular); pero sé que tarde o temprano uno debe adaptarse a las nuevas necesidades. Cada uno a su ritmo y en la medida que va descubriendo qué es lo que le conviene para ser mejor.

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