domingo, 5 de febrero de 2012

Adiós Ratita

Tan sorpresivamente como llegó a nuestras vidas, el sábado se fue de ellas.
Una pequeña ardilla alemana; que compró mi hijo mayor, para hacer un experimento en Filosofía.
Era un trabajo en grupo, tenían que enseñarle un truco.
Me pidió llevarla a casa y le dije que no (vivimos en un departamento). Le sugerí que mejor algún compañero la tuviera; aunque él se había comprometido a enseñarle el truco.
Un día entré a su pieza, porque mi computador estaba allí y escuché un ruido extraño. Agudicé el oído y venía de su closet. ¡Sorpresa! Ahí estaba la ardilla, en una caja de zapatos.
Gonzalo no estaba en casa en ese momento, así que llamé a sus hermanos y apuntándoles con el dedo les dije: “Me engañaron. Uds. sabían de esto y no me dijeron nada”. Ellos, como típicos hombres dijeron: “No la engañamos. Sólo omitimos información.”
Cuando apareció Gonzalo le pedí una explicación. Argumentó que la necesitaba, que él podía cuidarla, que ya llevaba una semana en casa y no me había dado ni cuenta.
Sólo atiné a decirle que él tenía que comunicarle esto al papá. Porque él tampoco estaba de acuerdo en tener una mascota en casa.
Lo hizo. Y logró convencerlo. La ardilla estaba formalmente aceptada.
Entre paréntesis, se llamaba “Mierda”; porque contaban los hermanos que cuando Gonzalo la fue a comprar, le dijo al vendedor:”Deme una de esas mierdas”. Claro que Augusto le decía “la ratita del mal”, porque tenía los ojos rojos. Yo simplemente le llamaba “Ratita”.
Le enseñó el truco, lo aprendió, lo filmaron y se sacaron una excelente nota.
Yo nunca quise hacerme cargo de él (era macho); pero cuando pasaba por la pieza de Gonzalo me parecía que tenía sed y le daba agua con esos aparatitos especiales. Ratita comenzó a reconocerme y cada vez que entraba a la pieza, se paraba en dos patas y yo le daba agua. Era nuestra conexión secreta, que después dejó de ser secreta y, si bien nunca me atreví a tocarla, me provocaba mucha ternura. Ratita lo sabía.
Vinieron las vacaciones, todos se iban a la playa y yo no me atreví a hacerme cargo. Se lo encargó a un amigo por un tiempo; pero él también necesitó irse de vacaciones y lo devolvió.
Este sábado Gonzalo llevó a Ratita a la playa y, preocupados de esconderlo de los perritos de mi hermano, a nadie se le pasó por la mente un peligro externo.
No supimos qué pasó, sólo que encontramos su caja plástica volteada y Ratita ya no estaba. Asumimos que fue un gato que se acordaron merodeaba de vez en cuando por ahí. Buscaron por todas partes, con la esperanza que hubiese escapado. Nada.
Papá montó en cólera porque no lo habíamos sabido cuidar. Tenía tanta pena, como la que yo tengo al escribir esto. Él la desahogó con rabia, yo con lágrimas - ahora. En ese momento todos tratábamos de parecer fuertes y de bajarle el tono a los retos.
Sabíamos que se iba a morir en algún momento. Pero nunca imaginamos que sería así.
Cuando lloré con mi hijo, me dijo: “La vida sigue” y me confidenció que también había llorado.
Ya no hay nada que hacer. Sólo vivir el duelo, aprender y seguir adelante. 
Adiós Ratita.

2 comentarios:

  1. ...me encanto la historia,y me da mucha pena el tragico final de ratita, pero sin eso, no habria historia!

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  2. Carmencita, me hiciste llorar de nuevo.... te recomiendo que escribas un libro pues tienes el mismo don de Marcela Paz... te felicito, Mauro

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